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  • Nerea Ballester G

La montaña rusa de las emociones

Os voy a contar una verdad que poca gente conoce. La mayoría de los blogs que visitáis relacionados con la psicología, la terapia o el coaching, son historias que cuentan empresas “subcontratas” que copian de otros sitios o que se inventan sobre la marcha con la intención de crear algo que te enganche y haga que sus webs tengan visitas y te enganches. Es marketing, nada más.


A diferencia de esas, nosotros nos dedicamos a escribiros historias nuestras, de índole personal o de algún cliente que pasa por consulta y que nos da su consentimiento para contarlo. Nos gusta por que nos hace diferentes, como siempre. Aquellos que nos conocéis sabéis que es así porque habéis vivido en vuestras propias carnes nuestra forma de trabajar. Aquí no venimos a venderos humo, a robaros tiempo y dinero. Aquí venimos a ayudar, a llegaros al corazón y la mente para que veáis que lo que pasáis vosotros, nosotros, los de carne y hueso, lo vivimos o hemos vivido. Para que os sintáis más aliviados porque no sois los únicos que lo pasáis canutas. Nos gusta ser crudos, como la realidad, y de eso venimos a hablaros hoy.


A veces, las personas pasamos por un periodo difícil de vivir en los que tenemos una constante sensación de estar montados en una atracción de feria que sube y baja con los correspondientes síntomas que eso supone en nuestro ser. Hablo de la montaña rusa emocional. Esa sensación en la que te piden que hagas esfuerzo doble por mantenerte en equilibrio pero que, sin darte cuenta, te es casi imposible mantener. Es como si (utilizando la hermosa figura retórica de la metáfora), te vieras empujado por la cola de gente que quiere entrar en la atracción, y que cuando quieres darte la vuelta porque te das cuenta de que no quieres subir, ya no puedes, y te ves pasando el ticket y abrochándote el cinturón para vivir, Dios sabe qué.


Te subes con ese atisbo de nerviosismo por la incertidumbre de qué, cómo, cuándo. Puede ser una relación de pareja, un nuevo proyecto laboral, una emancipación, un viaje, una decisión.... Si miras a tu lado, ves a otra persona que parece estar ilusionada con el viaje, y te dice: “que guay, estoy emocionada/o”, y entonces te surge la primera pregunta: ¿Por qué no estoy yo igual? ¿Por qué siento yo miedo? Y empieza el show: Exigirte, castigarte. ¿Te empieza a sonar esas palabras?


Lo siguiente que ocurre es el dejarte llevar e influenciarte, por qué si los otros están disfrutando, ¿por qué tu no? Vale vale, será que esto es lo mejor para mí (te repites constantemente). Tu madre, tu padre, tus hermanos, tus amigos, tu entorno, tu pareja, todos te han dicho que ese es el camino, que es lo mejor. Así que ahí sigues. Empiezas a subir y te esfuerzas por trabajar, por luchar en aquello que te dicen y oye, parece que funciona. En un abrir y cerrar de ojos, te ves en la cumbre de lo que era, lo que tu soñabas y querías. Te sientes pletórica, llena de ilusión y seguridad. Joder, todo es genial, ¿no? Pero cuando menos te lo esperas, ¡zas!, empiezas a caer en picado. Enemigos, trabas, obstáculos, dificultades, retos inesperados....empiezas a perder el control, sientes inseguridad y te sientes decida, triste.


“Pero, ¿por qué?” Te preguntas constantemente. Y después de un tiempo abajo, en lo que crees que ha sido uno de los palos más duros de tu vida, vuelves a subir. Sientes un leve cosquilleo pues, no te fías del todo y vas con miedo hacia la subida. Pero otra vez, sin darte cuenta, te vuelves a sentir mejor. Es como cuando suena una canción con mucho swing y te pones a bailarla instintivamente. Una vez estas arriba, la cosa cambia. Es como que, al haber estado por segunda vez, ya no la saboreas igual. No la disfrutas, no la valoras, no estás satisfecha. Umh, que desagradecida (te dirán), y entonces volverás a machacarte y a sentirte mal contigo misma. Vuelves a caer en picado.


Pero esta vez, la baja dura más, y es mas profunda. Ahora aparecen sentimientos nuevos como la ira, la agresividad, la rabia. Te peleas con tu pareja, con tus padres, con tus mejores amigos y hasta tu trabajo. Todo te cabrea, todo te molesta, todo te irrita.

Es desesperante, solo quieres estar sola y salir de todo esto. Que todo acabe y ser feliz.


Solo anhelas eso. Felicidad. Sentirte bien contigo misma. Te rondan mil preguntas y ninguna trae respuestas. Hagas lo que hagas, nada te motiva, nada te genera alegría. Es como si llevaras una piedra encima ¿no? Tus padres te agobian, te presionan, tu pareja se distancia, tus amigos no te llaman porque solo hablas para quejarte. Tu agobio va en aumento y entonces, descubres que tienes que hacer algo con tu vida.


¿Quién soy, qué soy, qué quiero, para qué lo quiero?


El autoconocimiento, es aquella herramienta que nos hace sentirnos bien con uno mismo cuando todo alrededor va mal. Es aquello en lo que aferrarnos cuando no tenemos nada ni nadie donde agarrarnos. Es aquello de lo que carecemos y a su vez anhelamos. El autoconomiento es, sin duda, el bienestar personal.


Cuando estás en ese punto, en lo más profundo de la montaña rusa emocional, te das cuenta de que algo tiene que cambiar en tu vida, y ese algo eres tu misma. No importa cuanto cambies de trabajo, de pareja, de amistades, de actividades...si no cambias tú, tus actos, tus hechos, tus acciones, tu persona, tus creencias, tus miedos, NADA CAMBIA. Siento tener que decírtelo, pero es la realidad.


Yo lo he experimentado mil veces, al igual que todo el mundo. Somos humanos y no robots. Vivimos etapas así a los 16, a los 22, a los 30, a los 41... Pero todas y cada una de ellas, se repiten. Otra vez la montaña rusa. Pero lo que está claro es que cuando tomas consciencia, la bajada no vuelve a ser tan dura como las primeras veces. Lo sé y os entiendo, es desesperante. Sentir que estás atada de pies y manos, que subes y bajas sin control, que odias tu mal carácter porque realmente no quieres estar así pero que a su vez estás triste y no te apetece sonreír a nadie, es frustrante.


Otra opción es posible.


Aunque a veces pueda parecer que es imposible salir de ahí, se puede. Una vez le pregunté a una clienta, “¿Que podría pasar si volvieras a caer?” a lo cual me contestó: “Nerea, ya no me da miedo volver a caer, porque ya he estado en lo más profundo y sé lo que puedo esperar de mi misma, con que luchar y que dejar” y me emocioné. Sin duda, es la respuesta más buena que me han dado en todos estos años de mi vida profesional. Como os decía, esto puede pasaros en muchas etapas de vuestra vida, pero si sabéis poner remedio a tiempo, si habéis trabajado el autoconocimiento y el autoconcepto, os garantizo que ninguna será tan dura como aquella vez.


Siguiendo con la metáfora, está claro que puedes subirte en la montaña rusa sin darte cuenta, pero si sabes lo que hay, tomarás la otra opción posible: Disfrutarlo, dejarte llevar y tener una conciencia plena de que la atracción, VA A ACABARSE. Nada dura eternamente corazón. Si tienes buenas herramientas y un buen entrenamiento mental y emocional, todo puede funcionar y fluir y, sobre todo, pasar, más rápidamente. Más livianamente. Pero si no es así, te garantizo que tendrás altas probabilidades de salir de esa montaña rusa mareada, aturdida, vomitando, sin saber que hacías ahí, porqué, para qué y con quien ibas al lado. En definitiva, perdida.


Por ello, no abandonéis, pues tampoco tenéis alternativa, no podéis saltar de la atracción y bajaros. Así que lo mejor es que cuanto antes, si estás viviendo estas emociones, situaciones o sensaciones, te pongas en contacto con nosotros y te ayudaremos desde nuestra experiencia y profesionalidad, a que tus montañas rusas sean como un mar en calma. Aguanta, el viaje más tarde que pronto, se acaba. Disfruta y aprende cómo con nosotros. Si así lo haces, sin duda, tus próximos viajes tendrán otro color.


Y tú, ¿cómo has vivido esos momentos? Déjanos un comentario más abajo y ¡¡cuéntanos cómo lo has sobrevivido!!

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