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  • Nerea Ballester G

Mi historia puede ser la tuya

Actualizado: 6 de mar de 2018

Queremos compartiros un caso que pasó hace ya un año por consulta. Esta persona ha plasmado en este texto todo lo vivido desde entonces y ha querido compartirlo con todos. Para nosotros, fue todo un caso de éxito, superación y digno de una persona a la que querer escuchar compartir su historia, pues es un ejemplo de aprender a reinventarse emocionalmente. Esperamos que lo disfrutéis.


Puro caramelo.


Era tan ingenua, su amor era como un caramelo…. Yo sólo era una chica que creía ser mujer, él era un hombre que decía ser fuerte, que me protegería. Todo ello me sonaba como una dulzura artificial que hizo que me dejara llevar por las apariencias, por lo que él quiso venderme y yo creí de él. Cuando llegué a darme cuenta de dónde me había metido, ya estaba totalmente en su red, atrapada, y ahí fue donde aprendí lo que es sangrar. Llegué a ser su presa, incluso en su cama, y fui devorada completamente.


Debí saber que fui usada por su autentica diversión, movido por su ego pero era incapaz de ver a través de ese envoltorio que un día me ofreció. Era Mr. Perfecto. Por lo menos eso creí a primera vista. Un día descubrí que en realidad me atrajo de él todo lo contrario. Sus pintas de “malote”, de algo rebelde, diferente al resto queriendo llamar la atención de sus colegas, de fuerte/seguro, superior a mí mentalmente…”eres tan interesante” decía yo. Pensé que venía a salvarme. Sí, a mí. Que haría de mis mierdas algo más llevadero. Pero no fue así.


Humo.


Era adicta a todo eso. Con el paso del tiempo todo empezó a tornarse gris. Yo me volví celosa, controladora. No podía soportar que alguien tan perfecto y que me había elegido a mí pudiera estar en brazos de otra. Todo esto nos llevo a discutir. Lo hacíamos casi a diario pero yo siempre era la equivocada. La dramática. Y yo aprovechaba para así castigarme más a mi misma. Claro, “es que no le mereces, tu eres mala”, “es normal que se queje de mí, es que soy yo la que tiene el problema”.


Un día, sentada en una plaza observé una pareja. Él parecía tan entregado…Y pensé “vaya que bonito, ojalá nuestra pareja fuera igual” y entonces, algo se iluminó y lleno mi habitación mental de luz. Si deseaba que mi pareja fuera igual es que algo había cambiado. Decidí ponerme manos a la obra y buscar ayuda tan pronto como fuera posible.


Entonces, encontré a quienes a hoy les cedo mi historia (Neoka) y fui a tratarme pues yo tenía un problema y necesitaba “que me dierais luz y pautas para mejorar mi relación”.


No soy yo, somos todos.


Cuando acudí despavorida a terapia pensé que me ayudarían “con lo mío” y que mi pareja entonces querría estar conmigo. Pues, aunque no lo habíamos dejado aún, nuestra relación era casi nula. Parecíamos compañeros de piso y no una pareja. Teníamos sexo forzado una vez cada 2 meses, nos hablábamos fríamente, con reproches, con mala gana, y perdimos todo aquello que un día ambos creímos tener.

Entonces, fue cuando al contar mi historia, me lanzaron la que para mí fue una inquietante e inesperada pregunta “¿Te has dado cuenta que has estado alimentándote de sus migajas?”. Mi cara fue un autentico retrato de Picasso. Abstracto. A penas se podía leer nada en ella. Jamás me había planteado algo así, pero tristemente tuve que reconocerlo. Era un sí rotundo que me rasgo el alma en dos.


Yo le daba todo, y no obtenía nada a cambio. “Pero, ¿qué he hecho yo para merecerme esto?” me preguntaba una y otra vez. Odio mostrar que había perdido el control, pero lo hice. Descubrí que el era el débil de los dos y que me tenía bajo su dominio porque tenía miedo de que me convirtiera en algo más de lo que el pudiera controlar, en algo que brillara y le hiciera sombra. Tuve que aguantar todo aquello, es lo que me habían dicho que era lo correcto, lo que tenía que hacer. Ese fue el mensaje que me dio mi madre implícitamente.

Todo ello, lo descubrí en terapia.


Alejarme.


De repente me vi envuelta en algo que me venía grande. No era capaz de soportar tanta verdad, así que decidí hacerle participe a mi pareja para que (tonta de mí) me acompañara a terapia y juntos pudiéramos manejar aquello que yo no podía manejar. Sorpresivamente, me dijo que sí. Cuando caí en la cuenta, ya estaba de nuevo con una venda pues pensé que con ese acto, demostraba que me amaba.


A la tercera sesión, decidí, si, yo, no volver a terapia pues me vi capaz de manejar todo aquello y me subí a la cresta de ola del “ya estamos muy bien cariño, no hace falta que vayamos a que nadie nos ayude”. Ahora me río para mí. Esa ola sólo nos duró 3 meses.

Sí. Supo engañarme muy bien. Me convenció su “cambio repentino”. Pero había algo distinto en mi venda. Ésta se caracterizaba por tener menos opacidad y el nudo más suelto. Algo me había hecho “click” en terapia y parecía que quería decirme algo. Ese algo me llevó a acudir de nuevo buscando esa luz. Ésta vez fui sola.


Asesinando hasta la última parte de mi.


Todos los muros se están derrumbando. Estoy a punto de romperme, no puedo parar este dolor pues cada paso que doy no hace más que llevarme al error. Ya no podía soportarlo más. Sus mentiras animaban mi ganas de gritar, de salir, de rezar una plegaria. Se lo ruego, se lo pido e imploro. No más.


“La miseria busca compañía” me dijo Nerea, “y tú eres esa compañía, su abanderada”. Entonces lo entendí. Yo era la que quería todo eso. ¡YO!. Porque me creía indigna de un amor sano. Me creía salvadora de todas las causas perdidas, de querer ayudarle a el y dejar de mirar mis mierdas. Porque yo tenía que seguir el ejemplo que un día mi madre me ofreció inconscientemente. Me sentía inferior, no me quería. Porque yo quería conformarme con sus migajas por tal de sentirme “querida”. Sí, yo quería.


Así que al descubrir todo aquello, decidí ponerme manos a la obra para derrumbar todos esos muros y construir de nuevo una nueva yo, con mi esencia pero MEJORADA, más fuerte emocionalmente, más digna de mí. Una mujer en la que pudiera reconocerme y sentirme bonita, amada por ser yo y no un sucedáneo de mujer perfecta.


Despertar.


Mi corazón estaba débil. Pero encontré la fuerza necesaria para volver a empezar. Me advirtieron que, cuando empezara a adquirir “poderío personal”, es decir, a quererme, coger terreno que era mío (emocionalmente) y a pedir lo que era mío, mi pareja se iría despavorido, asustado y acojonado pues no se había enamorado de mí, sino de mi debilidad. Así que, al conocerme, huiría asustado por su propio ego.

Y como un niño pequeño huyendo de un monstruo, ocurrió. Así fue. Descubrí que había estado gastando años de mi vida con un hombre que no me amaba, que no me merecía, que no era sano para mí. Y aunque intentó jugar al juego del victimismo y mostrarse “perdido, arrepentido”, no caí en su trampa. Esa ya me la había comido mucho tiempo.


Me enseñaron a descubrir mi fuerza interior y vital. A perdonar y a agradecer que todo aquello me hizo más fuerte, me enseño a ver lo capaz de que era de anteponerme a lo que me hacía daño y a poner en primera plana lo que realmente a mi me hacía feliz. Ahora sé vivir con una pareja sanamente.  Sé lo que es amar y no mendigar. Sé lo que es que una persona me dé lo que merezco y yo a ella.

Así que gracias. Porque ahora sé lo que es vivir y llenarme de vida.


Si quieres conocerme, tan sólo ponte frente al espejo y mírate. Pues mi historia, puede ser la tuya.


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